Escritor: Santiago De Luca (fragmento, 11 de abril de 2016)
Cuando
leemos, aunque sostengamos sólo con las manos el soporte donde están los signos
de la escritura que recorren los ojos, todo el cuerpo lee. Detenerse en los
gestos que se apoderan de nosotros cuando leemos un libro es revelador de una
especie de gracia, de inteligencia luminosa que atraviesa al cuerpo sin que se
lo note. Leer un libro no es cualquier tipo de escena de lectura. Hay una
relación entre el cuerpo y el libro: una determinada posición, sentado con los
pies cruzados o abiertos, recostado con la cabeza inclinada o incluso hasta
parado. Los movimientos de las manos, la mirada, la ligereza que adquiere la
figura como receptáculo de una comunicación con el papel dejan entrever como si
el interior del individuo se esbozara en el acto íntimo de sumergirse en los
signos que dejó otra persona.
La parte
física del complejo acto cultural de la lectura puede ser un arte refinado que
se debería cultivar. El espacio, el silencio necesario, la luz adecuada y el
contacto suave de los dedos con la hoja. Todos sabemos que ese “espacio
propicio” individual e intransferible y
que nos lleva tiempo construir en el aula, se puede echar a perder con un
mínimo detalle hostil. Por ejemplo, la alarma de un auto que suena en este
preciso momento. O el ruido de un mensaje de texto (para mayor horror) ya no
propio sino de alguien cercano, o la interrupción de un auxiliar (u otra
persona) en el aula, etc. Sin
embargo, el organismo es fuerte y podemos volver a evocar la escena de lectura con un poco de concentración.
No es el mismo
gesto que se observa en los rostros de las personas cuando la lectura es sobre
el papel o cuando es sobre otro soporte. En un celular se puede procesar
información valiosa, pero no es el mismo. Esto lo podemos constatar viendo las
personas en el transporte público. Fotografiar mentalmente el gesto de aquellos
que leen un libro y los que leen sus mensajes en los celulares puede ser un ejercicio
revelador. Con el libro hay algo diferente que se apodera del cuerpo.
Cuando leemos
un libro todos los ejes físicos se alinean de una manera comunicativa, los
pies, las rodillas, los brazos, las manos, la espalda y la cabeza convergen en
la letra. Y hay una tecnología que hoy puede, falsamente, resultar primaria y
que hace funcionar la máquina de lectura, pero es insuperable por perfecta.
Esta tecnología es el movimiento de los dedos hacia atrás y hacia delante sobre
las hojas. Esos mismos dedos que nos permitieron cuando éramos casi monos estar
sujetados a los cabellos de nuestras madres, nos facilitan el mundo de la
literatura de una forma irremplazable. Los dedos pueden deslizar las hojas en
cualquier momento, con suavidad y elegancia, según las necesidades de la
memoria.
Claro que en
un soporte electrónico también podemos regresar sobre lo leído. Pero no con el
mismo gesto físico. No se trata de negar la eficacia, la importancia y el valor
de las nuevas tecnologías. El libro es una presencia
única. La lectura de un libro en papel tiene que ver con el placer. Un
placer trabajado, una posición corporal conquistada.
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